Qué es la ansiedad

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Os voy a hablar de la ansiedad.

No está considerada una enfermedad psiquiátrica, sino como un trastorno.

Voy a empezar citando una canción de Julio Iglesias “Caballo viejo” que dice: “Cuando el amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta…” Pues, aunque nada tiene que ver podríamos cambiar la palabra amor por ansiedad y sería muy acertado. Porque “Cuando la ansiedad llega uno no se da ni cuenta”.

Casi siempre hay un motivo desencadenante: una ruptura amorosa, una pérdida de trabajo, la muerte de un ser querido, los soldados en la guerra, un accidente de tráfico, etc. Otras veces no se llega a descubrir el motivo, simplemente, llega. Desgraciadamente, a veces la causa, si la hay, ni siquiera llegamos a conocerla. Algunos expertos dicen que hay una causa genética que predispone a sufrirla, pero tampoco hay pruebas suficientes que lo demuestren.

Como se manifiesta la ansiedad

Empiezas por “sentirte mal”. No es algo definido, ni siquiera alarmante, sino una sensación de que no estás en plenas condiciones físicas y/o psíquicas. Quizás estás más cansado/a de lo habitual; quizás más triste o desalentado/a sin motivo aparente; quizás te das cuenta de que se te olvidan cosas y que nunca antes te había pasado. En fin, pequeñas cosas a las que en principio no das importancia. Piensas que estás pasando una mala racha, incubando algún tipo de virus, haciéndote mayor o le echas la culpa a la astenia primaveral, al equinoccio de turno o a cualquier otra cosa que se te vaya ocurriendo.

Pasa el tiempo, tienes días mejores que otros, incluso temporadas en las que se te olvida. Pero vuelve…

Síntomas de la ansiedad

Un día te empiezan a aparecer otro tipo de síntomas. Es difícil describirlos todos ya que pueden ser múltiples y variables de una persona a otra. Pero intentaré hacer una lista de los más habituales:

  • Problemas de atención
  • Falta de concentración, y memoria.
  • Preocupación excesiva.
  • Irritabilidad
  • Bloqueos: de repente no sabes que estabas haciendo.
  • Dificultades para actuar o, todo lo contrario, dificultad para estarse quieto/a
  • Agobio
  • Sensación de amenaza, ganas de huir, ganas de cambiarte de casa o de país incluso.
  • Sensación de vacío y dificultad a la hora de tomar decisiones, no sabes que hacer en algunas cuestiones y tiendes a no hacer nada a ver si se solucionan solas
  • Temor a la muerte, sobre todo a la hora de irte a dormir y pensar que puedes no despertar.
  • Molestias en el estómago (náuseas, vómitos, ardores, etc.). También pueden ser intestinales.
  • Tensión, rigidez en los músculos, dolores raros que van cambiando de sitio y lo mismo aparecen que desaparecen.
  • Problemas cutáneos de cualquier tipo que parecen alergias, pero que se presentan y se marchan sin ninguna razón aparente, como rojeces, eccemas, etc.
  • Sensación de mareo e inestabilidad en momentos puntuales, a veces durante unos segundos.
  • Y finalmente llegan la taquicardia, palpitaciones, opresión en el pecho, falta de aire y, en los casos más agudos entras en la fase de crisis de pánico.

Con cualquiera de estos síntomas que suelen no darse por separado sino en grupos, uno termina finalmente por ir al médico.

Visita al médico

En el peor de los casos el médico no le da importancia, te toma la tensión, te da unas vitaminas o algo por el estilo y te manda para casa sin más. En el mejor de los casos, tu médico empieza a hacerte pruebas, en función de tus síntomas. Pero las pruebas no arrojan ningún resultado y, como está tan perdido como tú, termina por empezar a mandarte a especialistas. Si vas a la Seguridad Social, ya se sabe, meses de espera con la esperanza puesta en la visita y los resultados, para que finalmente el especialista de turno, tampoco encuentre nada.

Y así, un largo peregrinar, en el que tú te vas sintiendo cada vez peor, hasta que das con alguien que se le enciende la bombilla y te dice que todo eso es perfectamente compatible con un cuadro de ansiedad.

¿Ansiedad? –dices tú- ¡pero si yo no estoy nervioso/a! ¡Lo que estoy es hecho/a polvo!

Pero, es que es más complejo que estar nerviosa o nervioso. Es que durante meses o incluso años has ido reprimiendo situaciones que te mantenían en estado de alerta permanente y se ha convertido en tu “modus vivendi”, sin que te dieras cuenta, hasta que tu cuerpo empieza a mandarte señales para que le hagas caso.

Lo que sigue a continuación es un relato real de una persona que la sufrió para sepas de primera mano que se siente cuando tienes ansiedad.

Así es como se manifiesta la ansiedad:

“Empecé por tener dificultades para conciliar el sueño. Me molestaba todo, si hacía frío, si hacía calor, si el pijama no me permitía darme bien la vuelta en la cama, si la almohada era demasiado alta o demasiado baja y un largo etc. de incomodidades. No podía catalogarse de insomnio, porque una vez me dormía, dormía bien y me levantaba bien. Solo que cada vez me costaba más tiempo llegar a dormirme. Después dormía ya muy poco, porque cuanto me tocaba despertarme casi me acaba de dormir. Con los meses, llegue a pasar noches enteras sin dormir, porque para no dar vueltas tontamente en la cama, me levantaba y me ponía a hacer cosas.

Hay que decir que había probado todos los fármacos (a los que era muy reacia) para dormir, sin que ninguno me hiciera efecto. O mejor dicho sí, tardaba lo mismo en dormirme, pero luego no me podía despertar, así que los deseché. Probé todas las combinaciones posibles de plantas, pero no conseguí gran cosa.

Lo curioso es que me encontraba cansada a pesar de no haber dormido nada, pero…

Poco después empezaron los dolores musculares. Sobre todo, si estaba un rato sentada, cuando me iba a levantar me dolía todo hasta que la “musculatura se calentaba”. Llegó un momento que el darme la vuelta en la cama cuando, por fin al cabo de unos días de no dormir lo había conseguido, me producía un dolor tal que me despertaba. Esto lo mejoré bastante tomando dosis altas de magnesio. Eso me dio algo de respiro.

Meses después empezaron las ronchas y los picores que aparecían y desaparecían y que me trataban con corticoides.

Al mismo tiempo, llegó el tener dolores de mandíbulas de tenerlas todo el tiempo apretadas. Pero pensé que eso también era normal dada la situación que estaba viviendo y, aunque era terrible, muchas veces era lo que menos preocupaba.

Después llegó el cansancio permanente y la falta de aire. Para barrer mi casa, me tenía que sentar cada cinco minutos y finalmente, incluso vestirme era un acto heroico.

Meses de espera para los especialistas, porque mi médico de cabecera, el pobre, a parte de una hipertensión y un ligero hipotiroidismo que me trató enseguida sin que la cosa mejorara, no había sido capaz de encontrar nada más. Alergólogo que no encontró nada. Cardiólogo, que me hizo pruebas para una insuficiencia cardiaca que se perfilaba (unas veces si y otras no) en los electrocardiogramas. Pruebas de fibromialgia, para la que me faltaban puntos y me sobraban síntomas…

Y así, más de un año hasta que mi médico, alarmado porque llegué a la consulta en un estado de disnea altísimo y con un ritmo cardiaco de infarto (con lo cual vio en vivo y en directo lo que yo estaba viviendo cada vez que hacía un esfuerzo), me envió al hospital con un volante de urgencias.

Varias horas en urgencias y varias pruebas más tarde vino el cardiólogo y me dio la noticia: Lo que usted tiene es ansiedad.

¿Cómo? ¿qué? ¿y eso explica todo lo que me está pasando?

Pues, al parecer sí. Y empezó a darme explicaciones de casos similares en los que se habían encontrado, entre ellos algunos pacientes que casi entran en quirófano por una dolencia que en realidad no tenían.”

Más de un año pasó esta persona que describe su evolución de la ansiedad hasta que “se descubrió” que era lo que le ocurría.

Quizás esta descripción te ha resultado conocida, quizás no a ti, eso espero, pero sí de alguna persona cercana.

La verdad es que la incidencia de ansiedad entre la población es altísima. Se suele decir que afecta a un mínimo de un 13% de la misma. Pero, en realidad, este dato no es fiable porque muchas personas que lo padecen no lo saben.

Eso es algo que les ocurre a los demás, nunca a ti…

La triste realidad es que nadie está exento.

Para no alargar más el artículo seguiré profundizando en ello en otros artículos, analizando cómo se puede tratar y superar.

 

 

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